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CHARLAS DE TABERNA

MARCOS H. VALERIO

El reloj marcaba las 10:00 de la mañana y la Plaza de la Constitución ya era un mar humano vibrante, tricolor y ensordecedor. Bajo un sol que castigaba sin piedad, miles de almas mexicanas llegaron desde temprano, dispuestas a todo con tal de apoyar a la Selección.

Aunque parezca increíble, las holandesas buscaban a los mexicanos «para la selfie». «Pal feis respondían los mexicanos» y se dejaban mimar.

En fin llegaron desde temprano. No importaron las horas de espera, ni el cansancio de estar de pie, ni las inclemencias del clima. Lo único primordial era estar ahí, ser parte de esa fiesta gigante y gritar con el alma: ¡México, México, ra, ra, ra!

La pasión se respiraba en el aire. Familias enteras, grupos de amigos, parejas y solitarios con la camiseta bien puesta convertían cada metro cuadrado en un carnaval verde, blanco y rojo. Algunos se protegían con sombrillas improvisadas que parecían banderas vivientes, otros simplemente con una gorra bien calada y una sonrisa que no se borraba ni con el calor. El espíritu era indomable.

Mientras, los comerciantes, tanto establecidos como ambulantes, vivieron su particular “agosto” en pleno junio.

Vendieron hasta la última gota. Botellas de agua que desaparecían en segundos, bebidas energéticas para mantener el grito vivo, tacos, pizzas, tortas y antojitos que alimentaban la euforia.

Pero el verdadero festín fue, en la mercancía tricolor: Playeras piratas a tan solo 180 pesos (cuando al inicio del campeonato mundialista costaban 350), gorras a 50 pesos y matracas de todos los tamaños, desde las modestas de 30 hasta las que retumbaban por 100 pesos y hacían vibrar hasta los adoquines.

Cada venta era acompañada de regateos alegres, risas y el inconfundible “¡Ándale, carnal, llévatela que hoy gana México!”. No que quedes sin la verde, en el caso de las playeras.

Las banderas ondeaban como estandartes, las matracas ya empezaban a romper el silencio y el zócalo se transformaba poco a poco en una caldera de emociones.

Y en medio de ese océano tricolor, la esperanza ardía más fuerte que el sol del mediodía. Porque hoy no solo se juega un partido: Se defiende el orgullo de todo un país. Cada porra, cada abrazo entre desconocidos y cada “¡Sí se puede!” retumbaban como un juramento colectivo. La afición mexicana, esa que nunca falla, ya estaba lista para empujar a la selección hasta donde fuera necesario, demostrando una vez más que cuando México juega, todo un pueblo se pone de pie.

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