¡Solo 1 de cada 125 mexicanos pertenece a la élite!
#CHARLASDETABERNA
MARCOS H. VALERIO
La élite del 0.8 %: una radiografía que duele
Menos del uno por ciento de la población mexicana concentra un estilo de vida que la gran mayoría apenas imagina. El Inegi acaba de poner números a esa verdad incómoda, y el resultado es tan contundente como desalentador.
En un país de más de 130 millones de habitantes, apenas un millón 23 mil personas —repartidas en 429 mil 701 hogares— conforman la clase alta, según el estudio “Cuantificando la Clase Media en México”.
Es decir, el 0.8 por ciento. Una élite tan reducida que cabría holgadamente en un par de estadios Azteca… y aún sobraría espacio. No se trata de una cifra abstracta: es la medida exacta de una desigualdad que se ha naturalizado.
Para ingresar a ese club selecto no basta con “ganar bien”. El ingreso promedio del hogar debe alcanzar los 77 mil 975 pesos mensuales. No el sueldo de una sola persona, sino la suma de todos los que aportan bajo el mismo techo.
Mientras tanto, la clase media promedia 22 mil 297 pesos y la clase baja —más de 78 millones de personas— se mueve en torno a los 11 mil 343. La diferencia es brutal: la élite gana casi siete veces más que la mayoría del país. Esta brecha no es un accidente estadístico; es el resultado de décadas de oportunidades concentradas.
El retrato del privilegiado mexicano resulta revelador. No son familias numerosas ni de edad avanzada: Promedian 2.4 integrantes y 40 años. Su verdadera ventaja no es solo el dinero, sino la educación.
Acumulan 15.2 años de escolaridad —licenciatura o posgrado— y en nueve de cada diez hogares hay al menos un adulto con estudios superiores. Viven casi exclusivamente en las ciudades. Ciudad de México, Nuevo León, Colima, Querétaro y Yucatán concentran la mayor parte de estos hogares.
En el campo mexicano la clase alta es, estadísticamente, un fantasma: simplemente no aparece. La centralización de la riqueza no es un detalle menor; es una condena estructural para las regiones más rezagadas.
El origen de ese dinero tampoco es un secreto menor. El 82.5 por ciento de estas familias tiene a alguien en un puesto directivo, de mando o jefatura. Casi uno de cada cuatro hogares cuenta con un integrante que trabaja para el gobierno.
Pero el sueldo no es el único motor. Diversifican: negocios propios, rentas de propiedades, inversiones financieras. Mientras la mayoría depende de un cheque quincenal, ellos construyen un patrimonio que sigue generando ingresos aunque el empleo se detenga. Esa capacidad de diversificación es, en realidad, el privilegio más profundo.
Y gastan de forma coherente con su posición: educación privada, salud particular y pagos de tarjetas de crédito encabezan sus prioridades. Comen fuera, consumen entretenimiento y mantienen un estilo de vida que los blinda mejor contra la inflación.
En 2026, mientras millones sienten cómo el costo de la vida les aprieta el cuello, este reducido grupo conserva el margen de maniobra que da la diversificación.
La radiografía del Inegi no solo describe a los de arriba: desenmascara la profundidad de la brecha. Saber exactamente cuántos son, cuánto ganan y dónde viven no es un ejercicio de envidia.
Es una forma de entender dónde estamos parados cada uno de nosotros frente a una economía que premia muy poco a muchos y mucho a muy pocos.
Mientras esa estructura no se transforme —con más y mejor educación pública, con oportunidades reales fuera de las grandes ciudades y con un mercado laboral menos concentrado—, la élite del 0.8 por ciento seguirá siendo no solo un dato, sino un recordatorio permanente de la desigualdad que define a México.
