“Me miraba al espejo y veía un atleta que mataría en el agua por el oro”
CHARLAS DE TABERNA
MARCOS H. VALERIO
El hombre que conquistó 23 oros olímpicos y se convirtió en leyenda de la natación mundial ha cerrado las piscinas de su vida competitiva para abrirse a una paternidad tranquila y a una reflexión profunda sobre el costo humano de la excelencia.
Michael Phelps, de 40 años, padre de cuatro hijos y retirado desde 2016, ha confesado a través de redes sociales, que no desea para sus hijos el camino que él recorrió: una carrera marcada por la hiperexigencia, la despersonalización y graves episodios de depresión y ansiedad.
“Me miraba al espejo y veía a un asesino con gafas y un gorro, un atleta que mataría en el agua por el oro. Ahora sé quién soy de verdad y me gusto mucho más”, relató Phelps con una serenidad que contrasta con la imagen de máquina imparable que proyectó durante más de 15 años. El estadounidense reconoció que la presión estructural del deporte de élite estadounidense lo llevó a una completa desconexión emocional. “Hay días en los que no quiero levantarme; a veces noto como si la habitación se fuera comprimiendo hacia mí”, confesó, al tiempo que subrayó que cada día en el que habla abiertamente de sus luchas es “una victoria”.
Phelps, quien acumuló 28 medallas olímpicas (23 de oro) entre Atenas 2004 y Río 2016 —incluida la histórica gesta de ocho oros en Pekín 2008—, aseguró que su prioridad hoy es la salud mental y el bienestar de su familia.
“Tengo cuatro hijos y no quiero que naden, no quiero que vivan lo que yo pasé durante más de 20 años. No se lo deseo a nadie”, afirmó con contundencia. El deportista destacó que disfruta viendo a sus hijos crecer y competir en sus propias disciplinas, pero sin la obsesión por el triunfo que marcó su carrera. “Lo mejor es que los cuatro son muy diferentes entre sí y aprendo cosas nuevas cada día”, dijo.
El exnadador también apuntó a la exigencia del sistema deportivo estadounidense, que convirtió la natación de élite en una maquinaria de resultados sin espacio para la vulnerabilidad. “No me permitía sentir emociones”, recordó.
Hoy, Phelps aboga por una mirada más humana al deporte de alto rendimiento y pone el cuidado emocional por delante de cualquier medalla. Su testimonio, lejos de las piscinas donde reinó como nadie, se ha convertido en un potente mensaje sobre los límites de la perfección y el verdadero valor de la vida fuera del podio.
