6 de marzo de 2026

Coronas de flores, custodian a “El Mencho”

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CHARLAS DE TABERNA

MARCOS H. VALERIO

Bajo un cielo azul implacable que parece indiferente a las historias que guarda la tierra, el Recinto de la Paz se extiende como un jardín silencioso y meticulosamente diseñado, donde la opulencia floral contrasta con la sobriedad de las lápidas.

Aquí, en este cementerio privado de Zapopan —parte de la zona metropolitana de Guadalajara—, reposan los restos de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, el abatido líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG.

No hay mausoleos elevados ni ostentosos monumentos que griten poder; en cambio, un tapiz extravagante de coronas y arreglos florales domina la escena, como un tributo efímero pero abrumador a una vida marcada por la violencia y el simbolismo.

La tumba, fresca aún en el recuerdo de su entierro, está cubierta por un mar de rosas rojas y blancas que forman figuras elaboradas: Una cruz imponente en el centro, corazones entrelazados que evocan devoción familiar, y, notablemente, varios gallos estilizados hechos con pétalos amarillos y rojos —un guiño directo al apodo “El Señor de los Gallos”, ligado tanto a su afición por las peleas de aves como al control que ejerció sobre rutas de narcotráfico y extorsión—.

Estos arreglos, dispuestos en capas densas sobre el césped verde, crean un espectáculo visual casi surreal: Pétalos rojos que simulan sangre derramada, contrastados con blancos inmaculados que sugieren una pureza irónica. Botellas de agua abandonadas y plásticos dispersos rompen la perfección, recordando que este es un lugar de duelo humano, no de perfección eterna.

El Recinto de la Paz, con sus jardines cuidados, fuentes murmurantes y sombras arboladas, se presenta como un oasis de tranquilidad en medio de la urbe.

Fundado como cementerio privado de estilo jardín, atrae a familias de alto poder adquisitivo y, en los últimos años, ha ganado notoriedad por albergar restos de figuras ligadas al crimen organizado.

Entre sus senderos reposan familiares de Rafael Caro Quintero, el “Narco de Narcos” y fundador del extinto Cártel de Guadalajara, cuyos lazos con el mundo del narcotráfico añaden una capa de controversia al sitio.

No es un panteón común; es un espacio donde la muerte se adorna con lujo sutil, lejos de los mausoleos barrocos de otros cementerios como Jardines del Humaya en Culiacán, pero con una extravagancia que susurra poder y lealtad post mortem.

Horas después del sepelio, el lugar amanece en silencio, custodiado por un dispositivo de seguridad discreto pero evidente: fuerzas federales y estatales vigilando accesos, un recordatorio de que la sombra del CJNG aún se extiende. Visitantes anónimos depositan más flores, pero el ambiente es tenso; el eco de bloqueos y quemas de vehículos tras la captura de “El Mencho” persiste en la memoria colectiva.

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