¡Adiós al maestro “Chucho Gallegos, Bohemio del periodismo!

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CHARLAS DE TABERNA

MARCOS H. VALERIO

Corría el año de 2019.

El reloj marcaba las 12:30 del mediodía. En la redacción de Diario BASTA! el calor, el ruido de las máquinas y la prisa por tener la portada lo inundaban todo. Y de pronto, como una aparición de otra época, llegaba él.

Puerta abierta, sombrero de lado, sonrisa ancha y esa voz que había visto pasar a medio México.

«¡Valerio… Valeriano, ¿cómo estas chicuelo?, ¿cómo va tu portada?»

Así entraba Jesús. Don Chucho Gallegos.

No había forma de no quererlo. No había forma de no escucharlo.

Yo le contestaba, abrumado por la edición, y él, después de intercambiar dos o tres opiniones sobre la nota del día, me regalaba mi propia medicina. Me repetía mis muletillas con esa picardía que solo tienen los maestros:

«¡Agüevo!, ya quedó la choya»

Y se reía. Se reía con todo el cuerpo, moviendo la cabeza. De pronto afirmaba: “¿Pero mira esas chiquitas…” mientras veíamos la pantalla, el noticiero?

Así era Don Jesús Gallegos. Un hombre que no era un periodista, era una biblioteca andante. Un cúmulo vivo de recuerdos de cuando el periodismo se hacía en la cantina y en la banqueta.

Si le preguntabas por Javier Solís, no te contaba una anécdota, te cantaba un verso y te decía dónde lo vio llorar por amor. Si le mencionabas a María Félix, cerraba los ojos y te describía el perfume, la mirada altiva de La Doña que lo hizo temblar una noche en un camerino. Tenía en la bolsa a Cantinflas, a todas las vedettes y a todos los galanes que hicieron de México un país de película.

Eso sí, siempre hablaba de su “amigo personal”, como el decía: “Yoshio”, de quien por cierto sufrió mucho cuando se enteró que falleció en 2020 por covid-19.

“Chucho” Gallegos, bohemio de los de antes. Buen tomador de mezcal y de vino tinto, de ese que se saborea despacio porque cada trago trae una historia.

“Don Chucho”, como muchos le decían, nunca llegaba solo. Llegaba con una anécdota que le husmeaba en la memoria, que se le escapaba por los ojos. Se sentaba, pedía un café cargado y de pronto te estaba contando cómo había visto a José Alfredo llorar sobre una servilleta.

Fue un maestro que sin proponérselo. Mostraba que una portada no solo se escribe, se siente. Que el periodismo de espectáculos no es chisme, es memoria. Es guardar en palabras lo que el tiempo quiere borrar.

Hoy la redacción de BASTA! está más silenciosa. Falta su voz a las 12:30. Falta su risa.

Se nos fue uno de los grandes. El último bohemio que aún olía a imprenta y a mezcal.

Gracias por todo.

DESCANSA EN PAZ CHICUELO

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